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Hay más mundo

Por Ángel Manzo Montesdeoca

«En el mundo tendrás aflicción, pero confiad,
yo he vencido este mundo»
(Juan 16,33b, énfasis mío)

Si alguna vez has sentido que el mundo te queda chico, me entenderás.

A veces no calzo y me siento sin lugar en el lugar del mundo que han creado. Y es que el mundo es lo que nos dicen, lo que vemos, lo que nos obnubila a primera instancia. El mundo es lo que se crea con hilar palabras; y cuando se encuentra mediado por el fervor y la legitimación religiosa, se constituye en el «único mundo». El mundo sagrado que nos es dado.

Mi experiencia está anclada al cristianismo. A mis dieciséis años salí de la iglesia, aquella que me enseñaron a llamar madre. Entré a un nuevo mundo, la otra iglesia con rostro de padre severo. El otro mundo donde me dijeron que era el único; donde reside Dios, y me sedujo.

En este mundo religioso encuentras bondades. Te propone oportunidades para escalar el mundo, su mundo. Lo recorrí, lo hice mío, lo disfruté, lo viví, Dios estuvo allí; y lo hicimos nuestro mundo.

Pero éste, como cualquier otro mundo del imaginario religioso, tiene su celo: «celo santo» lo llaman. Y en ese celo no se permite la contaminación. La mezcla resulta abominación; relacionarte con los que no son de tu propio mundo, ¡anatema!, exclaman. ¿Eres o no eres de este mundo? ¿No hay más mundo? ¿Sí o no? ¿Blanco o negro? Nada de medias tintas ni grises. Son los discursos que sirven para establecer los límites imaginarios en nuestra mente donde se construyen y asumimos los mundos.

Se te convence de que lo sagrado habita en este mundo y que este mundo lo contiene. No hay más presencia de lo divino. Lo divino se mueve solo en nuestras fronteras. Por ello los demás, los de otros mundos, nos resultan distintos, extraños, los no electos, los del «mundo». Su único camino será entrar a nuestro mundo porque fuera de nosotros no hay salvación, parece ser la lógica. Así, este mundo, y quienes lo legitiman, cayeron condenados por su idolatría.

Quien transgrede este mundo será castigado. La osadía de cruzar fronteras y explorar otros mundos se retribuye con creces. No importa tu historia, ni tu vida, tu testimonio o lo que le hayas dado al mundo. La «deslealtad» se paga caro y no aceptar las normas de este mundo te condena.

Si no te alineas, si no te acoplas, si no haces ni piensas como nosotros, si no estudias donde nosotros, no lees o escribes lo que nosotros, no perteneces a este mundo. En el fondo se trata de un dejar-ser tú, para convertirte en ser-para ellos, los de este mundo.

Las consecuencias son altas y traumáticas. Serás separado, difamado, olvidado; te quitarán tu empleo y te despreciarán. Los que eran amigos ya no lo serán, a menos que sean transgresores y los hayas influenciado logrando lazos más fuertes, vínculos de amistad sustentados por el afecto que estén fuera de este mundo. Lazos que este mundo no conoce.

Ahora llevas la marca, cual bestia que representa amenaza, y serás signado de ecuménico, liberal, hereje, torcido en la doctrina, feminista, promotor de minorías sexuales y todo epíteto que raya en lo profano, en lo que se salió de los linderos del «jardín sagrado de este mundo». El mundo creado por ellos y para ellos. Los que saben, los doctos, los jerarcas, los sacerdotes, los dueños de la verdad.

Sí, el mundo, este mundo, el mundillo. Se transfigura de pronto y descubres rostros que te fueron ocultos al inicio por la edad de tu inocencia en la fe. No te perdona las iniciativas propias, ni los aportes para el bienestar de otros. La crítica y el libre criterio representan un peligro para quienes no miran igual ni asienten y ni aplauden, como los demás. Históricamente se ha demostrado, no son mayoría; aunque la historia les hará justicia.

Mas, por un momento, me di cuenta que ellos no son todo el mundo. Los observé, vi sus rostros, sus almas y codicias; los compadecí, porque también eran parte de la jugarreta de mundos creados del imaginario religioso. Ellos se lo creyeron y, al igual que a mí, les hicieron creer que esto es todo el mundo, no hay más. La diferencia está en que unos se conforman y otros se resisten; unos creen y otros dudan; unos asienten sin reproches mientras otros cuestionan e incomodan, molestan, joden; unos obedecen a su palabra, mas otros sospechan y pecan de desobedientes conscientes.

Pero hay más mundo, sí.

En el cristianismo es el mundo que el evangelio de Jesús nos ofrece como discernimiento crítico frente a la inconformidad, la utopía del reinado de Dios que se enfrenta a la realidad creada. Aquella establecida como estatus quo, la realidad supuesta como «voluntad divina». Esa realidad que se dice es «fija e inamovible» por el designio de su propio dios.

Desde el evangelio del Nazareno te surgen otros mundos que superan a esos mundos del imaginario confesional. Aquellos horizontes que pensó, vivió y soñó Jesús de Nazaret desde las entrañas mientras recorría su mundo dominado por el imperio y esclavizado por la religión. Nacen otros amigos y amigas, otras experiencias, otras personas, otras sorpresas, otras paradojas, pues resulta que los marcados por la institución tienen más corazón. Los descalificados de este mundo tienen hambre y sed de justicia.  Los que no son nada, ni tienen altos puestos ni cargos de los que valerse, pero tienen Espíritu, sed de vida, indignación y compromiso por la construcción de otro mundo, más mundo. Porque éste quedó muy pequeño para quienes se vieron en la sobreviviente necesidad de expandir horizontes y levantar la cabeza caída por el desencanto. Y es en ese acto de coraje por levantar cabeza donde se propicia esperanza; descubrieron así otros sueños, otros mundos.

En ese más mundo que anhelamos y saboreamos el único dogma es el amor, cuya sentencia se traduce en «ama a los demás como Dios ama». La única Inquisición es la que se mitiga con el reconocimiento de nuestras propias faltas y miserias. Sus Leyes se edifican con ladrillos de misericordia, cemento de compasión, arena de ternura y voluntad del bienestar. La Verdad no es poseída para imponerse a otros, sino que se vive. La verdad de la libertad, la sinceridad y la amistad; entonces, con cara y corazón abiertos, podemos llamar doctrina sana, porque de verdad sana y no enferma.

Por instantes reacciono… escucho a mi esposa, a mis amigos y amigas, nuevas oportunidades que me dicen: ¡Hay más!. Descubro que sí, hay más mundo, mundo más allá del que me han dicho y hecho creer. Y con la fe del que vio tierra en el naufragio, grito a voz en cuello que existe más, más de lo que pensaba, más de lo que te habían dicho o hecho creer…suspiras…y con silencio apacible sientes a Aquél que siempre ha estado a tu lado, te abraza.  

Sí, hay más mundo; mundo por recorrer, mundo por amar, mundo por conocer, mundo por caminar.

Ángel Manzo Montesdeoca es ecuatoriano. Educador, pastor y teólogo. Es postulante al Doctorado Interdisciplinario en Estudios Socios Religiosos de la Universidad Nacional de Costa Rica.

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