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Barh (3)

Karl Barth: la contradicción y la Gracia

«En Cristo somos lo que no somos»
KARL BARTH

En el año 2019 se celebra el centenario de la publicación del Comentario a la Carta a los Romanos, obra que transformó el quehacer de la teología y tuvo un gran impacto en la escritura ensayística de la época, debido a su alta calidad literaria. Su gestor fue Karl Barth, considerado el teólogo más importante del siglo XX en el mundo protestante.

Karl Barth nació el 10 de mayo de 1886 en Basilea, Suiza. Fue hijo del profesor de teología Fritz Barth y de su esposa Katharina. Entre 1904 y 1908 estudió teología en Berlín, Tübingen y Marburg, donde tuvo como profesores a los representantes más famosos de la llamada teología liberal. En 1911 fue ordenado pastor en el pueblo de Safenwill, Suiza, y en 1913 ingresó al partido social-demócrata. En 1919 publicó su Comentario a la Carta a los Romanos, y debido al impacto que tuvo esta obra, fue nombrado profesor de Teología Sistemática en la Universidad de Göttingen, Alemania, sin haber presentado una tesis doctoral. Luego fue profesor en diferentes universidades en aquel país, tales como Münster y Bonn. Fue autor de diferentes obras teológicas y de reflexión social y política, como su Dogmática Eclesial, obra que escribiría a lo largo de su vida en un total de 12 volúmenes.

Con la subida de Adolf Hitler al poder en 1933, y el apoyo de muchos líderes protestantes y católicos al Partido Nazi, Barth se opuso radicalmente y se unió al movimiento llamado «Iglesia Confesante», junto a Martin Niemöller y Dietrich Bonhoeffer, declarando que el único señor y líder de los cristianos es Jesucristo, y que no deben obedecer a nadie más. Por esto Barth fue expulsado de Alemania y en 1935 regresó a Suiza, donde trabajó como profesor de Teología Sistemática en la Universidad de Basilea. Mientras tanto, siguió liderando el movimiento de resistencia contra el Nacionalsocialismo.

Capítulo aparte merece la vida amorosa de Karl Barth, pues a diferencia de lo que piensan muchos intérpretes europeos, quienes consideran que se deben mantener separadas la esfera privada y la producción intelectual, considero, junto con Marcella Althaus-Reid, que los amores de Barth merecen consideración teológica y sistematización ética, no en el sentido moralista, sino como una invitación repensar los modelos de familia frente a la visiones tradicionales.

Barth se casó con Nelly Hoffman, una talentosa violinista, a quien él había preparado para la confirmación de su fe algunos años atrás. Con ella tuvo cinco hijos y permaneció hasta su muerte. Sin embargo, en 1922 Barth conoció a Charlotte von Kirschbaum, llamada Lollo, quien se convirtió primero en su interlocutora teológica, luego en su colaboradora tanto en la redacción de textos de la resistencia como en la escritura de sus obras más importantes, y también fue  su segunda compañera sentimental, mientras que él seguía casado con Nelly.

El 15 de octubre de 1929 Charlotte se mudó la casa de la familia Barth, a vivir junto a la esposa de Barth y sus hijos. Amigos y estudiantes del teólogo dan testimonio de lo profunda y compleja que fue esta relación en la que Nelly no siempre se sintió cómoda, Lollo se preguntaba si no debía buscar a un segundo hombre, y Karl mantenía separada su vida privada de su esfera pública como pastor y profesor de teología, temiendo las críticas y juicios de personas externas. Pero la familia permaneció unida, incluyendo a Charlotte, quien viajó junto con ellos a Basel en 1935, cuando Barth fue expulsado de Alemania. Charlotte enfermó en 1964 y recibió la presencia y ayuda de Barth hasta la muerte de este, en 1968. Desde entonces, Nelly la visitó y acompañó hasta que Charlotte murió. Nelly se les uniría un año después. Los tres fueron enterrados uno junto al otro, cerrando este triángulo amoroso.

Algunos intérpretes consideran que este amor de tres en la vida de Barth debe ser comprendido desde su teología protestante de la Gracia, en la cual no importa lo que haga una persona, pues Dios siempre va a amarla en su existencia contradictoria. Yo iría más allá y diría que este modo de entender las relaciones desafía el concepto tradicional de monogamia que ha defendido el cristianismo y llama a repensar desde la ética y la teología las formas en que construimos nuestros amores.

El interés de Karl Barth por la teología no se limita al ámbito académico, sino, y ante todo, al trabajo pastoral. Aunque se formó en la teología liberal alemana, y tuvo como profesores a los famosos Wilhelm Hermann en Marburg y a Adolf von Harnack en Berlín, Barth consideraba que los métodos de estudio de esta orientación no eran suficientes a la hora de predicar el Evangelio. Como párroco de la Iglesia Reformada, Barth busca que el mensaje cristiano llegue a las personas en su más honda intimidad y en sus decisiones sociales y políticas. Su principal interés es poner en diálogo las preocupaciones del ser humano del siglo XX con el mensaje de la Escrituras.

La teología liberal alemana, impulsada desde el siglo XIX por Schleiermacher y continuada a comienzos del XX por el llamado Protestantismo cultural (Kulturprotestantismus), sostenía una fe en el progreso de la historia, donde se esperaba que el Espíritu (Geist) llevaría a la cultura alemana a una finalidad tan alta que podría considerarse una expresión del Reino de Dios. Jesús era visto por esta perspectiva como un modelo moral a seguir, pero no como una revelación desafiante para los creyentes.

Barth dice «¡NO!» a la creencia en el progreso de la historia como camino para llegar a Dios. Para el teólogo suizo, la revelación pone en crisis a la cultura humana. Por lo que la historia no consiste en un desarrollo evolutivo hacia una era suprema, sino que es el lugar donde Dios se revela, incluso contra ella misma.

Barth piensa que la revelación de Dios es una crisis de la historia que se va incluso contra las fuerzas de la cultura, especialmente en una época en la que los Nazis hablaban de una revelación a través de identidad nacionalista. Para Barth, la verdadera Iglesia no es la estructura que está con las voces oficiales, sino la comunidad que es fiel en la predicación del Evangelio de la Gracia y la Reconciliación a todos los seres humanos, sin discriminación ni racismo.

El punto de partida de Barth es que Dios habla (Dominus dixit), y este lugar de revelación se da en Cristo, no en la Biblia por sí misma ni en la teología, puesto que en las palabras de la Biblia está la Palabra a descubrir, el mensaje de Gratuidad y Reconciliación. Así lo asume en su Comentario a la Carta a los Romanos, donde pretende interpretar la Biblia con la ayuda del método histórico-crítico de la teología liberal, pero asumiendo que este método solamente ayuda a fijar el texto, a dar el primer paso para una interpretación más honda. Esto se debe a que el interés de Barth por las Escrituras está en el contenido y no en la forma, en el mensaje que pone en crisis al ser humano. Por esto Barth compara su modo de interpretación con el arte expresionista, el cual subraya el grito y la desesperación, la búsqueda por el sentido en medio de la angustia, yendo más allá de la prosa de los exégetas.

(De hecho, el Comentario a la Carta a los Romanos se considera una obra maestra no solamente en cuanto a contenido teológico, sino también en su estilo literario. Tiempo después, en 1964, Barth recibe el Premio Sigmund Freud de la Academia Alemana de la Lengua y la Poesía, debido a la belleza de su escritura teológica y sus aportes al idioma alemán).

Barth no se ve como un mero teólogo sino un partisano espiritual, o un profeta, como dirían muchos de sus intérpretes, ya que se atrinchera en la alteridad de Dios para desafiar a los sistemas. Dios como totaliter aliter, Dios es siempre otra cosa, y lucha contra las estructuras para no ser encasillado bajo ningún lenguaje.

El pensamiento de Barth es considerado una teología dialéctica. Esta consiste en reconocer que cada afirmación sobre la fe, sobre Dios y sobre el ser humano siempre tiene una contraparte. El encuentra al frente un No, que pone en duda toda forma de afianzarse en una creencia definitiva. Cuando decimos que Dios se revela en su creación, también debemos afirmar que se oculta. Cuando hablamos de que el ser humano es una criatura a imagen de Dios, también debemos resaltar que es una criatura caída y habita en el pecado. El ser humano, como dijo Lutero, es simul iustus et peccator, y así permanece, en la contradicción. En la dialéctica barthiana no se da una síntesis, como se da en la filosofía de Hegel, sino que se mantiene en la paradoja: somos a la vez justos y pecadores, en nosotros habitan Caín y Abel, Jacob y Esaú, Juan y Judas. En este sentido, la doctrina de la doble predestinación es interpretada por Barth como una dialéctica interna: «yo soy el que está predestinado a la condenación y también a la salvación». Pero sobre esta dialéctica ha de vencer de la Gracia; de allí que la teología de Barth sugiera una reconciliación de todas las cosas.  

Barth se distancia de los profesores famosos de la teología alemana del siglo XX y elige como interlocutores de su pensamiento al profeta Jeremías, al apóstol Pablo, a Lutero, a Calvino, a Dostoievski y sobre todo al filósofo danés Søren Kierkegaard.

Estos autores coinciden en lo que Kierkegaard –y con él Barth– llama «la interminable diferencia cualitativa», la cual subraya que Dios está en el cielo y el ser humano en la tierra, que ambas realidades son dos polos muy lejanos uno de otro, y entre ellos hay un abismo que los separa. Por esto, para Barth, la presencia de Dios es su distancia, y Dios para los hombres es una pregunta.

Ante las simpatías de muchos teólogos y creyentes alemanes por el Nacionalsocialismo y la afirmación de que Dios se revela en la cultura alemana que lleva a un punto culminante de la historia, Barth escribe y predica invitando a derribar a los ídolos. Para él, Dios es otro Dios, diferente al Dios de la historia alemana, al cual se le trata de asociar con lo que los nacionalistas llaman el Bien y lo Bello. Mientras los simpatizantes de los movimientos de la derecha piensan que Dios confirma el rumbo de la historia que toma Alemania entre 1918 y 1945 (las dos Guerras Mundiales), Barth propone un pensamiento sobre la revelación de Dios que pone en crisis al ser humano.

La teología de la crisis predicada por Karl Barth es una crítica al aburguesamiento de la academia y la Iglesia. En este sentido, Dios es la crisis del mundo, y el mundo es entendido como la simpatía de los creyentes por los movimientos nacionalistas de derecha. Por esto, en la Declaración de Barmen, que Barth firma junto a Dietrich Bonhoeffer y otros teólogos, se anuncia que los cristianos solamente pueden reconocer un reino (Reich), el Reino de Dios, y un guía (Führer), Jesucristo.

Por esto la dialéctica de Barth es crítica no sólo contra la cultura simpatizante del nacionalismo alemán, sino también contra la Iglesia. El teólogo suizo pone en contradicción la fe con la religión, incluyendo a la propia religión cristiana. A diferencia de otros pensadores, sus polémicas no van dirigidas contra el ateísmo, sino contra el cristianismo, o el protestantismo para ser más exactos.

Barth ve a la Iglesia protestante aliada a los poderes de turno como Dostoievski ve a la Iglesia ortodoxa en «El gran inquisidor»: ella impide que Cristo se manifieste a los creyentes. Pero la fe supera toda limitación humana. La fe no tiene estructuras y ni siquiera puede diferenciarse claramente de la no-fe. Sin embargo, la Iglesia debe existir como una comunidad que se mira a sí misma con un aliento sospechoso, puesto que es ella la portadora de una tradición que la supera: el mensaje del Evangelio. Y por lo tanto está llamada a vivir en el mundo.

Pero también debe pensarse que la teología de Barth se mantiene como una teología desde arriba, cuando afirma que solamente se puede hablar de Dios a través de Dios, cuando se concentra el anuncio del Reino de Dios en los sermones de la Iglesia. Esto significaría entonces que todo hablar humano sobre Dios y sobre la divinidad es errado, y ni siquiera la teología puede hacerlo con claridad. En ese sentido no cabría una teología desde abajo, ni tampoco sería importante una fenomenología de la religión, puesto que toda mirada distinta a la creencia barthiana estaría desviada de la verdad. Esto ha generado que la teología de habla alemana se mantenga en su mayoría dividida entre dos mundos: el mundo de arriba, donde habitan Dios y los conceptos; y el mundo de abajo, donde viven los pecadores y deben vérselas con sus propios problemas. Y por esto muchos pensadores y creyentes no logran reconciliar la esfera pública con la privada, la esfera política con la intelectual, la esfera espiritual con su carnalidad.

Si me dieran a elegir, yo me quedo con el Barth de una vida que habita en la contradicción y descansa en la gratuidad; con el Barth que se resiste ante los Nazis y está dispuesto a ser expulsado de Alemania; con el Barth cercano a Kierkegaard y a Dostoievski del Comentario a la Carta a los Romanos, y no con el de la Dogmática eclesial, pues al fin y al cabo esta obra es dogmática y eclesial.

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