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TeologíaLecho

El teólogo/a como amigo/a y la Teología como lecho

(Teología del hombro)
Un complemento para el encuentro con lo divino

Por Juan Manuel Gómez Salazar
Después de varios días, Jesús regresó al pueblo de Cafarnaúm. Apenas se supo que Jesús estaba en casa, mucha gente fue a verlo.
Era tanta la gente que ya no cabía nadie más frente a la entrada. Entonces Jesús comenzó a anunciarles las buenas noticias.
De pronto, llegaron a la casa cuatro personas. Llevaban en una camilla a un hombre que nunca había podido caminar.
Como había tanta gente, subieron al techo y abrieron un agujero. Por allí bajaron al enfermo en la camilla donde estaba acostado.
Cuando Jesús vio la gran confianza que aquellos hombres tenían en él, le dijo al paralítico: «Amigo, te perdono tus pecados»
(Marcos 2: 1-5)

Sin duda alguna el mito de Sísifo es uno de aquellos que mejor se conoce por la variedad de interpretaciones que sobre éste se han realizado.  En general, el mito narra la trágica historia del héroe que se subleva contra los dioses y es condenado por ellos a subir una gran piedra desde la base de una montaña hasta su cima, para luego verla rodar una y otra vez hasta abajo sin ningún propósito o significado. Desarrollando una brillante reflexión sobre este mito, específicamente una filosofía del absurdo, Albert Camus señala una relación significativa entre la condena que recibe Sísifo y el sinsentido en el que se convierte la existencia del ser humano en el mundo. Según el pensador francés, estamos condenados a soportar una existencia que se experimenta como un «trabajo inútil». Y aunque para Camus la pausa que el héroe mítico hace en su recorrido descendente se percibe como una aceptación alegre de la faena impuesta, para muchos hombres y mujeres, hasta el día de hoy, el malestar de la piedra cuesta arriba se sigue experimentando como un absurdo.

Desde esta perspectiva se puede señalar que la tragedia griega en su dimensión teológica es cruel, es una teología pesada, de imputaciones, deshumanizante. Los dioses y los hombres habitan dinámicas radicalmente diferentes. La teología griega se define por narraciones cuyo signo dominante es la enemistad entre unos y otros. El ser humano está hecho para su diversión, y éste, cual valiente Prometeo, se rebela arrebatando el fuego para donarlo a sus pares, so pena de castigos eternos que parecieran adjudicarse.

Frente a la poética trágica de la tradición griega, la teología cristiana presenta una visión opuesta.  El hombre no es el héroe que por necesidad se reivindica a sí mismo y a sus hermanos robando a los dioses el fuego sagrado. Esto porque la divinidad se dona sin ningún atisbo de celo o enemistad a todos los hombres y mujeres. Es el apóstol Pablo, en su carta a los Romanos, quien asegura que «Dios no escatima». Adicionalmente, en otra de sus cartas enviada a los corintios, señala que no está bien ufanarse, pues todo nos ha sido entregado según el amor de Dios: «Todo es nuestro, nosotros de Cristo y Cristo de Dios (…) sea la vida, lo alto y lo profundo, lo presente y lo porvenir, todo nos ha sido donado» (1ª Cor. 3: 21-23). El Dios de Jesús no se reserva ningún derecho de admisión. La humanidad con todas su divergencias y contradicciones está invitada a sentarse a la mesa del banquete. Es el Maestro quien confirma el convite cuando en el evangelio llama entrañablemente a los suyos: «amigos».

De ahí que el título de esta reflexión sea: «El teólogo como amigo/a y la teología como lecho», y que su justificación se encuentre en la analogía de la historia del paralítico consignada en los evangelios sinópticos. En estas dos cuestiones pretendo explicar la importancia de una ética teológica que posibilite un encuentro transformador entre lo divino y lo humano a través de la fe. El teólogo/a como amigo/a y la teología como lecho, no son otra cosa más que la unión de los elementos indispensables para una «teología del hombro», que es una «teología del sustento y el acompañamiento».

El teólogo/a como amigo/a de los hombres y las mujeres

Cuando las estructuras dogmáticas solo permiten una vía de acceso a la experiencia de la gracia, el teólogo/a, como amigo/a de los hombres y las mujeres, debe presentarse desafiante y propiciar otras formas de encuentro. Debe asumir el riesgo de jugársela por aquellos y aquellas que quedaron fuera de la casa. El teólogo/a debe ser ante todo y fundamentalmente un aliado/a de los que no alcanzaron tiquete, de los que, a pesar de su esfuerzo, vieron impotentes el cartel que dice: «no hay cupo», desafiantes de aquellas teologías que se reservan el derecho de admisión y construyen un cielo demasiado alto para los demás pero de fácil acceso para sus intereses.

Por el contrario, el teólogo/a como amigo/a de los hombres y las mujeres posibilita la cercanía, el encuentro, la unidad. Teólogos y teólogas que tienen las manos sucias y agrietadas porque abren caminos, no para distanciar, sino para traspasar aquellas estructuras que devienen en separación, concibiéndose como las manos y los pies de Dios en el mundo. Tal como profesaba la patrística del siglo I, están convencidos que «cuando Dios trabaja el hombre suda». Son hombres y mujeres que señalan no el «arriba de Dios», inaccesible, distante, sino más bien su «abajamiento». Dios que se vacía, se hace carne, se sienta, habla, come, y festeja con aquellos que degustan el banquete de su gracia. Ya no señalan la revelación como un descenso del cielo a la tierra, sino más bien como un descenso del hombre y la mujer a las profundidades de Dios. Revelación no como un iluminar sino como un desembocar, no como «un caer del cielo», sino como «un caer en cuenta», ahí, en las honduras de la consciencia que es el territorio exclusivo de la experiencia de Dios.

Hombres y mujeres amigos/as que trascienden las palabras y actúan en favor de los lisiados de la historia. De aquellos que viven al margen, a la orilla del camino, a los que la religión y la sociedad etiquetan como «saldos». Al teólogo/a como amigo/a no le interesa hacer una teología de la amistad fría, racional, especulativa, más bien, esforzándose, su teología se hace amistad, a saber, cálida, afectiva, experiencial. Su decir de Dios es abrazo para los desamparados, lumbre en la oscuridad. Así como en la historia del joven paralítico estos teólogos son los encargados/as de «echarse al hombro» a todos aquellos y aquellas que no pueden o les cuesta avanzar.

La Teología como lecho

En ese sentido, los teólogos/as deben ser amigos/as que tomen los extremos de su teología y la vuelvan camilla, para cargar a los tullidos y hacerlos descender hasta Dios. Una teología que «haga bajar» y no se preste para «dar de baja». Así, una teología como camilla sabe desdoblarse para hacer más fácil el trayecto de otros. Esta acción encarna un decir de Dios «que lleva», «que carga», «que conduce» a los hombres y a las mujeres a un encuentro de sanidad. Hay voluntades lisiadas por las circunstancias que el teólogo/a está llamado a levantar con sus palabras. No se espera ni se exige la fe del enfermo, ni la esperanza en los excluidos y en los perseguidos de nuestro tiempo, sino la acción en el mismo hombre, como el amigo que, a pesar de las circunstancias, cree que su par puede volver a erguirse y caminar desde la sacralidad de su dignidad. Es el teólogo/a quien está llamado a «cargar» con los heridos y «bajarlos» con sumo cuidado.  

Desde esta perspectiva la teología se aleja del presupuesto heideggeriano del «arrojamiento», pues no se trata del ser eyectado a unas circunstancias que le anteceden y cuyo peso no puede eludir, al modo de Sísifo. Más bien, siguiendo a Oskar Becker (discípulo del primero) y su filosofía ontológica de la aventura, esta teología trasciende el peso de un «ser arrojado en el mundo» a la ligereza de un «ser llevado», «acarreado», «conducido», «sostenido y bajado a Dios». De ese modo, la teología se percibe como riesgo, como una aventura que se asume expectante y con gran alegría. En síntesis, es una teología que en lugar de «meter miedo», «mete el hombro».   

Un complemento para el encuentro. El teólogo/a un amigo/a que camina con los lisiados de la historia

Sisyphus (Sísifo) - Dibujo de Giovanni Francesco Barbieri (Guercino)

Fue Ricoeur quien señaló el problema existencial de los griegos en los inicios de su teología y filosofía. Estos soportaron la piedra de la mitología (el demiurgo limitado por la ananké), sufrieron una poética de la fatalidad (la tragedia), aguantaron una moral de la resignación (el estoicismo) y asumieron una ciencia de los determinismos (las primeras leyes de la astronomía). No en vano la figura mítica de Sísifo cobra tanta relevancia. La vida en sí, bajo estas circunstancias, es servidumbre, un peso, una piedra en los hombros. Una teología que carga a otros con una obligación tal, que no es capaz tan siquiera de moverlos con un dedo, como lo denunciara Jesús con los religiosos de su tiempo.

Los teólogos/as son más amigos/as de los hombres y las mujeres que intérpretes de Dios. La teología es mucho más un abrazo sencillo que una compleja explicación de lo divino. El teólogo/a debe ser un amigo/a de camino, amistad en movimiento, de pies polvorientos, acompañando a los lisiados y marginados sin distinción. Su teología para el viaje de la vida debe ser camilla, sombra, agua y alimento para seguir avanzando. Teología como diálogo, como conversación, como aprendizaje mancomunado que se origina en cada paso. Como bien lo expresara Gadamer:

«La conversación posee una fuerza transformadora. Cuando una conversación se logra, nos queda algo, y algo en nosotros que nos transforma. Por eso la conversación ofrece una afinidad peculiar con la amistad. Solo en la conversación (y en la risa común, que es como un consenso desbordante sin palabras) pueden encontrarse los amigos y crear ese género de comunidad en la que cada cual es él mismo para el otro porque ambos encuentran al otro y se encuentran así mismos en el otro».

Conversación viene del latín y significa «deambular con», es decir, rondar con otros/as, caminar sin afanes por tratar de llegar a una meta. Representa la teología como caminata dialogante, nutritiva, humana. No hay mayor condena que una vida sin la palabra de otro/a, una palabra que nos interpele, nos desinstale, propicie la interacción con el hermano, el consentimiento o la discrepancia, aprender, desaprender. El teólogo/a como amigo/a y la teología como abrigo construyendo sentido, compañeros de andadura que sana la hendidura. Lo expresa mucho mejor el buen Ernesto Sábato en su libro Antes del fin, en el apartado «pacto entre derrotados»:

«Sí, muchachos, la vida de mundo hay que tomarla como la tarea propia y salir a defenderla. Es nuestra misión. No cabe pensar que los gobiernos se van a ocupar. Los gobiernos han olvidado, casi podría decirse que, en el mundo entero, que su fin es promover el bien común. La solidaridad adquiere entonces un lugar decisivo en este mundo acéfalo que excluye a los diferentes. Cuando nos hagamos responsables del dolor del otro, nuestro compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad de la historia».

Esos que des-fatalizan la historia y nos hacen recobrar el sentido, son los amigos/as que caminan, que deambulan con nosotros, que nos hablan, que nos prestan el hombro. Amigos/as que siempre son buena nueva en el camino de la vida.

  • Hay amigos/as que son como los del evangelio, que se hacen inoportunos tocando puertas a medianoche por mi derecho que asumen lo estrecho y lo maltrecho para que yo esté satisfecho (Lc. 11: 5-8).
  • Hay amigos/as que son como los del evangelio, que gustosamente cargan mi lecho, rompiendo si es necesario un techo, y sin miedo en favor de los diferentes colocando el pecho (Mc. 2: 3-4).
  • Hay amigos/as que son como los del evangelio, que de humanidad están hechos, que, como el extranjero de Emaús, son siempre buena noticia en cualquier circunstancia y trecho (Lc. 24: 15-27).

Juan Manuel Gómez Salazar nació en Cali, Colombia, en 1972. Es licenciado en Filosofía y magíster en Investigación Social de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

Ha sido docente de filosofía  y ética en diferentes colegios del país y en la Universidad Piloto de Colombia. Además es colaborador del libro “Modelos disruptivos: prácticas pedagógicas en el aula” publicado por el área de Humanidades de la UPC.

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