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Ivone Gebara: feminista, católica, ecuménica y crítica

Es un derecho pensar diferente.

Llevo varios meses escuchando y leyendo, es decir, conociendo, a la filósofa y teóloga brasileña Ivone Gebara. Lejos estoy aún de poder hacer un completo acercamiento a sus postulados teológicos, pero, como mujer, teóloga y sujeto de fe, me veo profundamente identificada en sus palabras e ideas, he disfrutado y abrazado las imágenes que me ha regalado en varias charlas suyas —muchas de ellas disponibles en la web— y he reflexionado, sobre todo, acerca del camino que, como ella, muchas mujeres vamos construyendo, buscando una respuesta a la pregunta por ¿qué significa hoy ser mujer, teóloga y creyente?

De la comunicación entre su corazón, alimentado por la experiencia con cientos de mujeres en América Latina, y su razón, fortalecida con el constante ejercicio académico que realiza, emergen preguntas que, considero, son más que necesarias en este ejercicio de hacer teología más allá de los programas académicos que, como lo denuncia Ivone, han marginado la enseñanza de la teología feminista y han ocultado no solo el papel de las mujeres en el ámbito teológico, espiritual y religioso, sino también el abuso de poder al que han sido sometidas por estos discursos a lo largo de la historia.

Ivone Gebara nació en Sao Paulo en 1944, se graduó como filósofa y, en 1967, unos cuantos años después del Concilio Vaticano II que invitaba al aggiornamento, es decir, a la renovación o modernización de la Iglesia, ingresó a la orden de las Hermanas de Nuestro Señor, motivada por su acercamiento a algunas religiosas cuya opción se centraba en los pobres. Sus apuestas sociales y políticas le hicieron ver a aquella joven estudiante de filosofía, en este camino, una alternativa de vida que podría conectarla con la libertad, su búsqueda incansable.

Ivone suele contar una anécdota que «le abrió los ojos a su condición de mujer en la iglesia», situación que, con cierta mística, he escuchado y leído ya varias veces y que considero digna de ser recordada, no solo para quienes aún no la conocen, sino también, y sobre todo, para recordarnos cómo, de esa misma manera, su teología nos invita y nos exige reconectarnos con la experiencia real de las mujeres.

Cuenta entonces que mientras acompañaba a un grupo de hombres en un barrio popular en el estudio de la Biblia desde una perspectiva social «para fundamentar en las escrituras las huelgas y sus reivindicaciones laborales», se percató que la esposa del dueño de la casa nunca participaba de sus charlas y se quedaba en la cocina o aparecía solo para llevarles café. Hasta que un día…

«(…) fui a visitarla sólo a ella y le pregunté por qué no iba a nuestras charlas. Me dijo que tenía que cuidar a sus niñas, que tenía que hacer café. Discutimos. Hasta que me dijo, casi enojada: “¿Quieres saber por qué no voy? Porque tú hablas como un hombre”. Yo intenté defenderme. Ella me preguntó: “¿Tú conoces los problemas económicos que nosotras, mujeres de obreros, tenemos?” No. “¿Tú sabes que el viernes es el peor día para nosotros porque el sueldo del obrero sale el sábado y el viernes casi no hay comida?” No, yo le decía. “¿Tú sabes el tipo de trabajo que hacemos para aprovechar el sueldo del esposo?” No. “¿Tú sabes las dificultades sexuales que tenemos con nuestros esposos?” No. “Entiendes por qué no quiero ir a tus charlas, porque no hablas desde nosotras”, me dijo. Esa mujer me abrió los ojos».

Entonces comenzó a leer a las teólogas feministas norteamericanas como Mary Daly, o a la alemana Dorothee Sölle, y empezó a cuestionarse qué cambios traía su teología a la vida real de las mujeres de su país y del mundo. Desde ese momento hizo su opción por el feminismo. Ya había obtenido su doctorado en filosofía y dedicaba su obra a la teología de la liberación en diálogos fervientes con la teología feminista. Fue profesora, agitadora del espíritu vivo de las Escrituras, y en los años 90’ fue obligada a realizar estudios en Teología y castigada con el silencio por hablar de temas como el aborto, el cuerpo y la sexualidad femenina. Realizó un doctorado en Ciencias Religiosas en la Universidad de Lovaina y publicó uno de sus libros más destacados: Rompiendo el silencio: una fenomenología feminista del mal.

Ha dedicado los últimos años a compartir sus reflexiones con quienes queremos conocerla y aprender de ella a través de publicaciones, charlas y conferencias, recordándonos en cada idea la importancia de visibilizar en la teología y en las iglesias a aquellas realmente «desaparecidas» en la historia, las mujeres.

En mi constante reflexión y en consonancia con la esencia de mi pensamiento, más holístico e interdisciplinar, han hecho eco algunos puntos esenciales de su teología que, como puntadas, he ido tejiendo en relación con la mitología de la Gran Madre, con mi construcción como mujer y feminista, con la experiencia compartida con otras mujeres y la pregunta por una espiritualidad femenina, donde la divinidad está presente en el cosmos, en el encuentro, en la esperanza y la libertad.

Las mujeres y la naturaleza, una teología ecofeminista

A Ivone, el ecofeminismo le ha permitido conectar la explotación de la naturaleza con la opresión vivida por las mujeres, a quienes se les ha explotado y dominado por igual, relegándolas a ser fuentes productivas al servicio de un sistema jerárquico patriarcal. La violencia puesta sobre la naturaleza, relacionada ideológica, antropológica y míticamente con las mujeres (creadoras de vida), es una imagen que nos refleja, a su vez, la desconexión del patriarcado con los aspectos y los cuerpos femeninos, sobre quienes ejerce control a través del abuso de poder.

De la misma manera, la teología ecofeminista, contribuye a la reflexión sobre las relaciones establecidas desde los discursos religiosos y sus instituciones jerárquicas, donde los cuerpos de las mujeres, su participación en la historia del pueblo de Dios y la lectura que se ha dado a los textos bíblicos, han estado al servicio de la opresión y no de la liberación. Esta teología busca entonces recuperar la sabiduría de un ecosistema más completo, donde es vital la experiencia, la memoria y el relato de aquellas que han asumido una postura sumisa y pasiva frente al discurso antropocéntrico, androcéntrico, blanco y occidental del quehacer teológico.  

El cuerpo de las mujeres en la teología

Somos seres encarnados, portadores de un cuerpo, somos cuerpos. El cuerpo, nos recuerda Ivone, es un espacio político y religioso, «todo lo que hacemos es por nuestros cuerpos, nuestra vida se ubica dentro de nuestro cuerpos y desde nuestros cuerpos. La organización del mundo es para nuestros cuerpos, las políticas son para nuestros cuerpos, la institución del estado, la democracia u otro régimen es para nuestro cuerpos. Decir que el cuerpo es espacio político y religioso es una tautología, es una evidencia». Sin embargo, insiste en que si bien hay teorías sobre los cuerpos, debemos recordar que una cosa es la teoría y otra la práctica en relación a los cuerpos. «Sabemos hacer teorías sobre los cuerpos y a través del pensamiento se construyen ideas, mundos, modelos de felicidad, de paz, de libertad, de justicia para los cuerpos, pero cuando encontramos un niño hambriento en la calle, una mujer violada en su hogar, o tanta gente sin trabajo, volvemos a la constatación de los límites de nuestras teorías».

Así, el cuerpo femenino que ha estado siempre en el ojo del huracán político y religioso, atravesado por la experiencia de placer y de dolor, de libertad o de subyugación, debe ser observado en la vivencia que de él hacen las mujeres y escuchado en sus propios relatos. Dar eco y volumen a los cuerpos y las voces de las mujeres oprimidas ha sido un trabajo fundamental del feminismo, y la teología feminista, a su vez, se pregunta, entre muchas otras cosas, por la imagen de «pecadoras» que a través de Eva se nos ha infundido y que ha generado en la psique colectiva femenina un aterrador sentimiento de culpa por nuestros cuerpos, lo que nos ha llevado en muchas ocasiones y en palabras de Gebara, «a ver como único camino de salvación el sacrificio» y la obediencia.

La estructura jerárquica del patriarcado se reproduce en relación con nuestros cuerpos, dice, «de forma que hay cuerpos que valen más que otros, hay cuerpos que se presentan como superiores y otros como inferiores, hay cuerpos que dan placer pero que no tienen el derecho a pedirlo». Y critica contundentemente «el hecho de que la teología legitimaba esta jerarquía con sus concepciones retrógradas y arcaicas o con su silencio sobre algunos cuestionamientos fundamentales».

La espiritualidad femenina, alimento para vivir mejor

Hay que aclarar, de antemano, que para Ivone la espiritualidad es eso que nos alimenta, que nos ayuda a vivir mejor. «No es algo impuesto que se deba repetir porque así me han dicho», señala, la espiritualidad no se trata de seguir unas prácticas que nos han hecho creer son necesarias, buenas o fundamentales, sino más bien de lo que tiene sentido para cada persona, pues la espiritualidad trata con la experiencia propia.

¿Qué quiere decir hoy la espiritualidad?, ¿cómo viven su espiritualidad las mujeres, especialmente las mujeres pobres y marginadas? La espiritualidad femenina es un tema central en el discurso de Ivone, y mantiene su énfasis en la espiritualidad como algo que nos da ganas de ir adelante y que sucede en la cotidianidad de nuestras vidas.

«No puedes ser feminista —dice— ignorando la pertenencia religiosa de las mujeres; si no son católicas, son de la Asamblea de Dios, o de la Iglesia Universal, o del candomblé o del espiritismo. Y en cada lugar de éstos hay una dominación de los cuerpos femeninos. La religión es un componente importantísimo en la construcción de la cultura latinoamericana», y para lograr los cambios necesarios, hay que hacerlos desde adentro.

Imagino que, tanto a ella, como a mí, y seguramente a muchas teólogas o mujeres de fe, la pregunta por si se puede ser feminista y teóloga o creyente, nos ha cuestionado más de una vez. Pero, ¿creyente en qué?, ¿feminista de qué manera?, nos cuestiona Gebara.

Para ella, está claro que no podemos cambiar el pasado, pero sí transformar el presente y abonar a las comprensiones del futuro preguntándonos esencialmente «si la interpretación que se hace de las Escrituras y los textos sagrados produce vida o muerte, si ayuda a liberar o nos ata a órdenes ya superadas en nuestro tiempo». Por eso se presenta como filósofa, teóloga, feminista, católica, cristiana, ecuménica y crítica, pues es labor de quien hace teología juzgar los efectos de las interpretaciones y constatar si estas están en pro de la liberación.

Las mujeres y el mal

No podría, personalmente, pasar por alto la contribución que Ivone ha hecho a uno de los temas que más ha cobrado interés y relevancia en mi investigación teológica y psicológica y que se constituye como el más reciente encuentro que he tenido con ella: el mal. A través de una serie de relatos literarios y de testimonios de mujeres y niñas, en su libro Rompiendo el silencio, una fenomenología feminista del mal, esta teóloga brasileña escucha a aquellas que han sufrido y soportado los más terribles males del mundo, y a través de sus vidas, marcadas por el dolor, se ha preguntado ¿cuál es el mal que vivimos las mujeres?, ¿cómo experimentan eso que teológicamente  llamamos «el mal»?, y con esto, ¿cuál es el Dios de las mujeres?

Teológicamente, pareciera existir una delgada línea que separa el mal del pecado, y con este tema, las mujeres, representadas por Eva en el Génesis bíblico, hemos cargado con el señalamiento que la lectura patriarcal ha hecho de estos pasajes. Eva como aquella «que entró el pecado en el mundo, y, por generalización, las mujeres como aquellas que siguen perpetuando el rol de transmisión de dicho pecado», como lo señala la teóloga española Mercedes Navarro, es una idea que, en una perspectiva feminista, nos exige no solo una reinterpretación de las Escrituras, sino también una transformación en la consciencia de hombres y mujeres.

Para abonar a este terreno, Ivone postula diferentes niveles de esta problemática desde las realidades de las mujeres: el mal de no tener, de no poder, de no saber, de no valer y por último, el mal de la invisibilidad.

Las mujeres hemos sido confinadas históricamente a la obligación de tener el sustento básico que alimenta a una familia, por ende, no tener lo suficiente, o «la carencia de lo esencial para vivir, nos afecta de un modo particular». A su vez, se nos impone el mal de no poder, o la imposibilidad de influir en lo que ocurre dentro y fuera de nosotras mismas, imposibilitándonos «disfrutar de las mismas oportunidades sociales» por la falta de democracia.

Hemos experimentado y cargado históricamente con los miedos que nos impiden tener determinación para pensar, cuestionar, dudar, sospechar de aquello que nos han enseñado como la única y absoluta verdad, y nos han arrinconado en el extremo del no valer, atravesando nuestro cuerpo sexuado que ha sido usado como objeto de placer, de guerra y venganza. Finalmente, la suma de estos males se nos presenta en la invisibilidad a la que hemos sido y seguimos siendo sometidas, y que se constituye como la búsqueda de cientos de mujeres teólogas, feministas y creyentes, que seguimos y seguiremos avanzando en la necesaria construcción de un pensamiento reflexivo y sensible que promueva los discursos religiosos y espirituales enfocados en la liberación de la que nos habla el Evangelio y en la libertad que nos fue dada por la divinidad en la creación, donde la justicia y el amor reúnan aquello que el patriarcado ha separado.

Nos queda entonces por hacer y promover una teología renovada que abrace a las mujeres, las grandes excluidas de la historia, a las dolientes y a las pobres, a las sufrientes y a las que renuevan la vida cada día. Una teología que nos mueva a la deconstrucción y a la reconstrucción, que nos invite a la comunión y no a la dominación; y esto, sin duda, podemos hacerlo caminando de la mano de grandes teólogas como Ivone Gebara.  

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