Teounder

The Holy Family 
*oil on canvas 
*183.5 x 123.5 cm 
*signed b.r.: Rembrandt f 163[1]

La infancia de Jesús en dos pinturas de Rembrandt

Nacer es unos de los verbos que más han fascinado al ser humano. Es una realidad y un símbolo de llegada a la existencia. Nos hallamos en el mundo, asombrados ante la ferocidad y el milagro de todo nacimiento. También sucede con la infancia, uno de los lugares privilegiados de la literatura, adonde quisieran volver los artistas y permanecer allí, creando una morada libre de calabozos.

En la religión también los símbolos del nacimiento y la infancia reclaman escenario ante las caras rígidas de los rituales. Heráclito, quien no sólo era filósofo sino también sacerdote, decía que en el centro del universo hay un niño que juega. Y la fe cristiana transforma una fiesta solar en la celebración del nacimiento de su Dios.

El Nuevo Testamento registra el nacimiento y la infancia de Jesús al estilo de los textos literarios del origen de los héroes antiguos: como Perseo, nace de una virgen y de un dios. Como Rómulo y Remo, debe crecer en los márgenes del reino, para un día retornar y convertirse en salvador y gobernante. Como Moisés, es liberado del peligro, pues tiene una misión que cumplir: emancipar al pueblo y llevarlo al Monte Sinaí para recibir la Torah y encaminarse a la Tierra Prometida.

Los relatos de infancia de Jesús que aparecen en la Biblia son breves y por ello quedan abiertos a la interpretación diversa, tanto en las narraciones posteriores como en el arte. Una de las recepciones más fecundas es la del pintor holandés Rembrandt van Rijn (1606-1669), cuya obra destaca el toque personal, el sabor comunitario y la relación profunda con el trabajo humano. Se le reconoce como el pintor del dramatismo de la luz y como un ávido intérprete de los textos bíblicos.

Las narraciones de la infancia de Jesús reciben gran atención por parte de este artista en el transcurso de su carrera, como por ejemplo la adoración de los magos (3 obras), la adoración de los pastores (3 obras), la circuncisión de Jesús (5 obras), el sueño de José (3 obras), el escape a Egipto (6 obras), el himno y la profecía de Simeón (6 obras) y la Sagrada Familia (8 obras).

Nos concentramos en dos de ellas: La Sagrada Familia (1634) y El descanso en la huida a Egipto (1647).

La Sagrada Familia (1634)

The Holy Family by Rembrandt van Rijn, 1634. The Pinakothek Museums in the Kunstareal Munich.

La obra es una interpretación que hace Rembrandt de lo sagrado en el taller del artista. María, el Niño y José descansan en el lugar de trabajo del carpintero hebreo. No hay una marca de liturgia, sólo el trabajo. No hay ningún gesto de divinidad, excepto la carne.

En el centro duerme Jesús, después de haber bebido la leche de mujer, cuyos senos están exhaustos de amamantar. El niño es un Dios frágil, cubierto con una frazada de pieles para combatir el frío. Lo divino, una figura a la que debe alimentar su madre.

La otra protagonista es la luz. Ella da centralidad a María y al Niño. Tal vez sea esta luz la fuerza del sol que también nace en esta fecha y penetra por la ventana, o una lámpara de aceite, evocación de nuestra necesidad de fuego.

José es un artesano refugiado en la sombra. Observa maravillado el milagro de la luz. Mientras tanto, sus instrumentos de carpintería descansan en la penumbra, después de una larga jornada de trabajo. Lo sagrado nace en la intimidad de taller del artista. La creación artesanal y el engendramiento de la carne revelan al Dios de la tierra.

Descanso en la huida a Egipto (1647)

Landscape with the Rest on the Flight into Egypt by Rembrandt van Rijn, 1647. National Gallery of Ireland

El evangelio de Mateo cuenta que José tomó a María y al niño y se los llevó a Egipto porque temía que Herodes asesinara al pequeño. Calla el itinerario y los años que pasaron en la ciudad africana. No sabemos si Jesús aprendió el copto, y tampoco si fue más allá de los límites de la comunidad judía en el exilio. La estética de la recepción se nutre de los lugares vacíos que deja el relato e imagina, sueña con un mesías itinerante.

La familia toda, incluyendo al asno y al buey, descansa en un pequeño establo, rodeada por la oscuridad y amenazada por el frío. Una hoguera enciende el calor de hogar y los seres vivos se reflejan en el agua, el espejo inmemorial. De nuevo es la luz la que salva. La luna testifica el equilibrio natural de los poderes, y el calor producido por el esfuerzo humano brinda cuidado al más pequeño. Aunque afuera el caos parezca extenderse en lo inevitable de la noche.

La pintura destaca la soledad y el peligro de los seres desplazados por el miedo. El misterio habita en el acto de recogerse y abrazarse, en la protección del fuego, en el reposo. Tampoco aquí aparece un cielo que intervenga, sino la tierra, cuyo milagro es el de la solidaridad y la lucha por la vida.

En estas dos obras Rembrandt ha sabido pintar lo no dicho en los relatos de infancia, para resaltar la presencia de la vida en los lugares olvidados. En estos personajes marginales, un carpintero, una mujer y un niño, como también los animales, residen los símbolos del nacimiento y la sobrevivencia, del trabajo y la creación. Se nace en el taller del artesano, en el escape ante las amenazas de los poderes y en la capacidad de empezar siempre de nuevo, incluso cuando se ha perdido la seguridad de casa. En lo no dicho, la vida canta. En lo vivido, nace.

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